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Cuenca, un referente en el estudio de la vida en el Cretácico continental

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Reconstrucción en vida de Spinolestes, por Oscar Sanisidro.

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

A estas alturas supongo que nadie duda de la capacidad de los yacimientos de Las Hoyas y Lo Hueco para proporcionar información relevante sobre la historia de la vida en los ambientes continentales del Cretácico. Durante los últimos meses las publicaciones sobre ambos yacimientos  han sido numerosas y relevantes. El pasado mes de septiembre  la prensa internacional recogió ampliamente la sorpresa del hallazgo en Las Hoyas de la angiosperma (plantas con flores) más antigua que se conoce. Su nombre es Montsechia, un elemento dominante de las praderas subacuáticas del humedal Las Hoyas, en donde vivía una amplia diversidad de otras plantas y animales. Los habitantes más famosos de Las Hoyas son dinosaurios no avianos y aves.

Un estudio reciente de Pepito (Concavenator) nos revela que los pies escamosos de las aves actuales ya existían en los dinosaurios de hace 125 millones de años. Las Hoyas continúa proporcionando información relevante sobre partes no esqueléticas de dinosaurios. De esta forma, se ha podido estudiar recientemente la estructura del ala de un ave, representada no solamente por sus huesos, sino también su piel (ala dérmica o patagio), músculos y plumas. Todo se conserva como si fuera de anteayer. La información proporcionada por este fósil confirma hipótesis anteriores sobre la gran capacidad de vuelo de las aves de Las Hoyas.
Pero no solo Las Hoyas ha proporcionado recientemente información relevante en el estudio de la vida en el Cretácico. En el yacimiento de Lo Hueco se han encontrado miles de huesos de dinosaurios cuyo estudio está aportando valiosos conocimientos sobre los saurópos titanosaurios. Incluso sobre algunos aspectos poco estudiados, como es el caso de su anatomía cerebral. Gracias a las modernas técnicas de Paleontología virtual en 3D sabemos que uno de los titanosaurios de Lo Hueco tenía una organización paleoneurológica relativamente simple, si consideramos que los titanosaurios son saurópodos derivados de gran éxito evolutivo. Recientemente se ha publicado un estudio parecido del neurocáneo, cerebro y oído interno, de otro titanosaurio de Lo Hueco. La caja craneana de este dinosaurio es una de las más completas del Cretácico Superior europeo.

El último estudio que vamos a comentar acaba de publicarse en la revista Nature.  Se trata de un fósil que mejora considerablemente nuestro conocimiento sobre cómo eran y cómo vivían determinados mamíferos primitivos del Cretácico Inferior. El animal, denominado Spinolestes, vivía en el humedal de Las Hoyas. Pertenece a los eutriconodontos, un linaje extinto del grupo corona de los mamíferos que vivió durante el Jurásico y el Cretácico. Se le calcula un tamaño de entre 52 a 72 gramos, semejante al de un didélfido actual, el colicorto patirrojo, una zarigüeya sudamericana.

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a) Holotipo de Spinolestes, Cretácico Inferior, Las Hoyas, Cuenca (contraplaca); “Pinna” = oreja. b) Detalle de una región de pelo denso en el cuello; AT, atlas. c) pelo y escamas dérmicas de queratina (SC) en una zona de la piel situada entre las vértebras dorsales 11ª a 14ª.d) Detalle de los folículos pilosos.

Uno de los aspectos más importantes del fósil de Spinolestes es su extraordinario estado de preservación. El ejemplar cuenta con un esqueleto completo articulado, pero además, elementos como piel, pelo, escamas de queratina y evidencias de algunos órganos viscerales como pulmones e hígado. Incluso preserva la orejilla izquierda. Determinados restos tegumentarios fósiles de mamíferos mesozoicos se conocen desde el Jurásico, pero siempre aparecen como impresiones o compresiones, lo que hace muy difícil obtener una información adecuada de su estructura. La evidencia de restos tegumentarios en Spinolestes está fosfatizada, lo que explica su magnífica preservación. De manera que el eutriconodonto conquense permite, por primera vez, reconocer detalles sobre diversos caracteres de la piel, en un mamífero, más allá del periodo terciario.

Spinolestes tenía una buena mata de pelo en el cuello, que se extendía a las regiones parietales y escapulares. También existían pelos finos y relativamente largos a lo largo de la línea dorsal, formando una cresta mediana que llegaba a la región caudal. La compleja diversidad de caracteres tegumentarios de Spinolestes es comparable a la que aparece en otros linajes del grupo corona de los mamíferos, aunque se trata de una evolución convergente, independiente.
Dentro de la caja torácica se pueden ver restos de los pulmones y también del hígado, separados por una zona interpretada como un diafragma muscular, en una disposición muy semejante a la de los mamíferos actuales, lo que indica un complejo aparato respiratorio. Determinados caracteres del esqueleto apendicular sugieren que Spinolestes no era una forma arborícola, como otros mamíferos mesozoicos estudiados en el registro fósil. Se trata probablemente de un animal terrestre con habilidades cavadoras potenciales. Sus hábitos podrían ser comparados con los de la musaraña acorazada actual, Scutisorex somereni.

Un último apunte para los dinomaníacos. Spinolestes es un pariente cercano, más pequeño,  del género Repenomamus. Hace unos años, la especie Repenomamus robustus (Cretácico Inferior, China) fue entronizada por el universo dinomaníaco como el primer mamífero conocido que comía dinosaurios.

 

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A vueltas con la temperatura de los dinosaurios

 

 

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Puesta fosilizada de huevos. © Luis Chiappe

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED. @frco_ortega.

Las aves, como los mamíferos, han sido tradicionalmente considerados animales de “sangre caliente”, a pesar de que este es un concepto resbaladizo, del que es difícil salir de forma sencilla y para cuya discusión me remitiré a una entrada previa del blog. Únicamente, y simplificando, vamos a considerar que aves y mamíferos son endotérmicos, es decir, capaces de mantener su temperatura corporal estable, e incluso por encima de la ambiental, regulándola con su metabolismo.

Hoy sabemos que existen muchas formas de regular la temperatura corporal (por eso dividir a los animales en “de sangre fría” y “de sangre caliente” resulta una simplificación excesiva). También que las aves adquirieron esa capacidad de forma independiente a los mamíferos, aunque no se ha definido con claridad en qué momento. Eso lleva a pensar que pudieron existir dinosaurios no avianos de sangre caliente y ha originado una de las grandes controversias sin resolver de los últimos años: cuándo aparece la endotermia en el linaje de las aves, qué dinosaurios pudieron ser endotérmicos (como sus representantes vivos), cuáles son ectotérmicos (como sus parientes lejanos, los cocodrilos o los lagartos) y que mecanismos de termorregulación se presentan en dinosaurios extintos.

La discusión no es trivial ya que el mecanismo de termorregulación es importante para inferir datos sobre la forma de vida y distribución de los dinosaurios que nos ayuden a entender su biología.

En el caso más sencillo, partiremos de la base de que los antepasados de los dinosaurios (y puede que alguna de las formas basales del linaje) son de “sangre fría” y que, en algún momento, un grupo adquirió la capacidad de termorregular y la transmitió a todos sus descendientes. La forma de trabajar con esta hipótesis es medir la temperatura corporal de los dinosaurios hasta encontrar el punto en el que se produce el cambio. De entrada parece complicado, pero con el tiempo se han desarrollado varias estrategias, y cada vez más precisas, de “ponerle un termómetro” al organismo vivo que dio lugar a un fósil.

Así, podrían ser endotérmicos aquellos animales que se interpretan como especialmente activos, cuyos análisis biomecánicos y cálculos de velocidad indican aparatos locomotores muy costosos en términos energéticos, que presentan altas tasas metabólicas con altas las tasas de crecimiento, que aparecen distribuidos en altas latitudes o que presentan una frecuencia en los ecosistemas más propias de animales de sangre caliente.

Aunque todos estos argumentos están siendo últimamente eclipsados por pruebas más directas: podemos medir la temperatura a la que se formó un resto orgánico analizando su composición química. Concretamente, las proporciones de isótopos de los elementos que lo componen, porque esas porporciones varían según las condiciones ambientales del momento en que se formó el resto.

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Fósil de huevo de titanosaurio. © Gerald Grellet-Tinner.

En este sentido, la revista Nature Communications publica esta semana un estudio en el que le ponen este termómetro a varios dinosaurios del Cretácico Superior con resultados, cuando menos, sorprendentes. La estrategia es sencilla: los autores asumen que la composición isotópica del carbonato de la cáscara de los huevos de los dinosaurios responde a la temperatura a la que se formaron en el oviducto de la hembra. Estudiando un mismo valor en restos de Argentina, Mongolia, Francia y España, los autores llegan a la conclusión de que, al menos, los huevos de saurópodos titanosaurios argentinos se produjeron en un oviducto a unos 37,6 grados, mientras que los de terópodos oviraptóridos de Mongolia lo hicieron a unos 31,9 grados.
Estos resultados son relativamente sorprendentes. Inicialmente refuerzan la idea de que los dinosaurios eran capaces de mantener temperaturas por encima de las ambientales y por lo tanto manejar algún tipo de endotermia. Sin embargo, en contra de lo que sería inicialmente previsible, los dinosaurios más cercanos a las aves (y mejores candidatos a tener la misma termoregulación), los oviraptóridos, no alcanzan los márgenes de temperatura de las aves modernas (entre 36 y 43 grados), ya que obtienen valores muy por encima de la temperatura ambiental, pero más bajos que los obtenidos por los grandes saurópodos (en principio candidatos a la “sangre fría” y parientes mucho más lejanos de las aves).

En principio habría que tomar estos datos (aún escasos) con cautela y esperar a tener más mediciones que resulten representativas, pero con estos resultados se refuerzan algunas ideas previamente formuladas: que los mecanismos de regulación de la temperatura en los dinosaurios eran mucho más complejos que el clásico “sangre fría”/”sangre caliente”, que los grandes saurópodos eran capaces de mantener una alta temperatura corporal probablemente utilizando su enorme volumen corporal para retener el calor (gigantotermia u homeotermia inercial)
y que la endotermia de las aves puede no estar extendida entre los dinosaurios carnívoros, aunque estos tendrían también mecanismos para mantener su temperatura por encima de la ambiental (quizás procesos de mesotermia aún no bien definidos).

De todas formas, lo que está claro es que aún es pronto para asegurar nada: la historia de la termorregulación dinosauriana parece muy compleja y la toma de la temperatura de los dinosaurios no ha hecho más que empezar.

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Otro dinosaurio ‘con cabeza’ en Lo Hueco

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Restos del titanosaurio estudiado y detalle de su cráneo.

 

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED. @frco_ortega.

Y no me refiero a su capacidad reflexiva. El equipo que trabajamos en el yacimiento conquense de Lo Hueco publicamos hoy en la revista Plos One un estudio que reconstruye la forma del cerebro, los nervios craneales, la arteria carótida y el oído interno de uno de los dinosaurios titanosaurios encontrados en el yacimiento de Lo Hueco. Este yacimiento se hizo célebre hace unos años, cuando las obras del AVE Madrid-Levante encontraron una enorme cantidad de dinosaurios a la altura de Fuentes, un pequeño municipio al sur de Cuenca.

La acumulación de restos de esqueletos de grandes titanosaurios en la traza de la vía resultaba espectacular (ver algunos de ellos identificados en el mapa de la excavación). El yacimiento mostraba claramente una acumulación excepcional de restos del titanosaurios, pero también presentaba singularidades en cuanto a su preservación: era uno de los pocos lugares en los que se podían encontrar individuos articulados (aunque fuesen parciales) en Europa y, por mucho, el lugar en el que eran más abundantes.  Pero también los fósiles presentaban una preservación tan excepcional que permitían reconocer elementos hasta ahora poco conocidos de estos animales en Europa.

 

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El cráneo objeto de estudio en mi derecha, y uno de Camarasaurus en mi izquierda.

Sabemos que existen dos tipos de titanosaurios en Lo Hueco, porque conocemos dos tipos de dientes, de vértebras y de huesos de las extremidades. Hace tres años se analizó la caja craneana de uno de estos tipos que probablemente los “dinofans” más fieles recuerden como el “lento y torpe gigantón de Cuenca”.

WBreconstrucion cerebro El análisis del cerebro de una segunda caja craneana del yacimiento ha resultado igualmente sorprendente. Como con la primera, hemos utilizado las técnicas de tomografía computerizada (un TAC semejante a los que se realizan con objeticos clínicos). Las cavidades de la caja craneana están rellenas de sedimento que responden de forma diferente a los rayos X que los restos óseos. Así que, tras miles de cortes radiográficos, estamos en condiciones de realizar una reconstrucción 3D de las cavidades del cráneo, es decir podemos inferir la forma de las distintas partes del cerebro y el oído, o el recorrido de los principales nervios y vasos sanguíneos.

Aunque va creciendo el número de dinosaurios de cuyos cerebros tenemos información, el grupo es aún relativamente escaso porque los cráneos son extremadamente frágiles y suelen destruirse con facilidad en el proceso de fosilización. Por eso, sobre todo cuando se consigue reconstruir la neuroanatomía de estos animales con el nivel de precisión que se ha conseguido en este caso, los datos resultan preciosos.

Como puede observarse en esta reconstrucción multimedia, el cráneo del segundo titanosaurio de Lo Hueco desvela caracteres comunes al resto de los saurópodos, como la presencia de una hipófisis desproporcionalmente grande en un cerebro 30 veces menor que el del ser humano. Pero también muestra particularidades menos comunes como la trayectoria del sexto nervio craneal fuera de la fosa pituitaria.

La información obtenida mediante el análisis del cráneo indica que el ejemplar pertenecería a una especie aún desconocida cuyos parientes más próximos conocidos estarían en Argentina y la India. De hecho, en términos evolutivos, este nuevo dinosaurio sería comparable a Jainosaurus, un titanosaurio que habitó en la India.

Una vez más, Lo Hueco resulta singular y, dado que el cráneo no apareció aislado, estamos trabajando sobre esta hipótesis de relación de parentesco mientras avanzamos con el estudio del resto del esqueleto.

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Las bacterias nos confirman el origen del vuelo

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Reconstrucción del enantiotnite cuya ala se ha encontrado en Las Hoyas. © Raúl Martín.

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED. @frco_ortega.

Existen pocos yacimientos en el mundo que entren dentro de la categoría de “depósito de conservación excepcional”. En ellos tenemos acceso, con exquisita precisión, a algunas estructuras que nos proporcionan información aparentemente inalcanzable de organismos desaparecidos hace millones de años. En muchos casos, estos yacimientos constituyen ventanas únicas a pequeños detalles imprescindibles para establecer los nexos con los que ligamos la narración de la historia de la vida.

El yacimiento de Las Hoyas, en la Serranía de Cuenca, es sin duda uno de estos yacimientos. Las rocas que lo forman son calizas litográficas resultantes de la sedimentación en un humedal hace unos 125 millones de años (durante el Cretácico Inferior). Sobre el yacimiento aparecen esta semana dos publicaciones relevantes y que muestran claramente la singularidad de Las Hoyas.

En la primera, se describe cómo se consiguen las especiales condiciones de preservación de los fósiles. Para determinarlas, se ha recurrido a un largo experimento de simulación de los procesos que afectan a cadáveres de peces en condiciones acuáticas controladas. En el segundo, la espectacular preservación del brazo de una pequeña ave permite especificar la estructura de sus músculos y tendones, para concluir que hace ya 125 millones de años era capaz de usar las plumas de su ala como lo hacen las aves actuales.

Pero vayamos por partes. En primer lugar, ¿dónde reside el secreto de la preservación en este yacimiento? Pues fundamentalmente en las condiciones de fosilización, que incluyen una rápida incorporación de los restos orgánicos a tapetes bacterianos. Estos tapetes son unas biopelículas compuestas por microorganismos que se desarrollan en medios sedimentarios (entre otros, las películas verdes que se forman en los charcos cuando comienzan a secarse). En determinadas condiciones, son capaces de biomineralizar los tejidos blandos de organismos, y lo que ha descrito el equipo de Las Hoyas es precisamente un modelo que puede explicar la excepcional preservación de los fósiles en el yacimiento. En condiciones controladas han conseguido observar cómo los tapetes bacterianos forman un sarcófago que envuelve los cadáveres de peces en el fondo de un medio acuático. En un primer paso, las bacterias invaden todos los tejidos del pez, pero después, las condiciones químicas favorecen que se produzca la precipitación de un silicato de magnesio parecido al talco. Este rellena el espacio ocupado por los tejidos internos y huesos del pez, “copiando” con todo detalle su forma. Se supone que un proceso de biomineralización análogo a éste explicaría la preservación excepcional de los tejidos de los fósiles de Las Hoyas.

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Fósil de Las Hoyas, en el que se aprecian las huellas de plumas.

En cuanto al segundo protagonista de la semana en Las Hoyas, se trata del brazo de una pequeña ave enantiornita. Las Hoyas es célebre por alguno de los primeros hallazgos de este tipo de aves, un primitivo linaje extinto que ha aportado mucha información sobre el origen dinosauriano de las aves. Este brazo muestra por primera vez la disposición y relación entre los tejidos blandos del brazo y las plumas en estas aves de hace 125 millones de años. Mediante el uso de microscopía electrónica de barrido y espectroscopía de rayos X se ha identificado la estructura del anclaje muscular y tendinoso de las plumas en el brazo y se ha podido establecer que es muy similar al de las aves actuales. Tenemos así una evidencia robusta para inferir que la función de las plumas del brazo de las enantiornites sería semejante a la de las aves modernas, insistiendo en la idea de que este grupo de aves primitivas ya volaban como las aves actuales.

Parece mentira que un simple tapete bacteriano  resulte una cápsula del tiempo tan eficaz…

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Vuelve Pepito

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Montando a Pepito.

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

Es probable que la mayoría de los lectores de este blog sepan ya que una representación de los dinosaurios y otros restos fósiles del Cretácico de Cuenca han pasado más de un año en tres museos diferentes de Japón. El resultado ha sido espectacular. Los dinosaurios españoles han entusiasmado a los visitantes japoneses, especialmente en el caso de Pepito (Concavenator). Recuerdo con especial emoción la inauguración de esta exposición, denominada Dinosaurios Maravillosos de España, en el Museo Prefectural de los Dinosaurios de Fukui, durante el mes de julio del año pasado.

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Montando a Pepito. El cuello siempre es difícil.

He tenido la suerte y el privilegio de asistir a varios montajes y desmontajes de esta exposición. El alma mater de estos procesos ha sido una combinación hispano-japonesa. Por un lado, el paleontólogo Francisco “Patxi” Ortega. Por el otro, cuatro técnicos (siempre los mismos) de la compañía japonesa Nippon Express. Patxi dirigía el desembalaje/montaje o el embalaje/desmontaje,  y los chicos de Nippon Express se movían con precisión y seguridad, ejecutando estos procesos de una manera absolutamente eficaz y profesional. Después de un par de experiencias juntos, el entendimiento era total. Cualquiera de ellos podría simplemente mirarse de reojo e indicar una duda, una certeza o una decisión a la otra persona.

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Precisando con cuidado el ajuste de las piezas de Pepito.

En estos días se está desmontando la exposición, en su última sede, en el Museo de Historia Natural e Historia Humana de Kitakyushu (Prefectura de Fukuoka). Este post tiene dos propósitos. Por un lado expresar nuestro reconocimiento a todos los colegas, técnicos japoneses y responsables de la empresa Yomiuri Shimbun,  que han hecho posible la presencia de los dinosaurios españoles en Japón. Además, recordar que Pepito y sus amigos vuelven a España. La pregunta del millón es ¿y ahora qué? Pues ahora tenemos que esperar que los fósiles de Las Hoyas y Lo Hueco tengan un lugar adecuado para disfrute de todos. Nos consta que las autoridades patrimoniales de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha están en ello.

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Montando a Pepito (el de plástico).

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Acabando la vitrina de los cocodrilos de Lo Hueco.

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Retoques a la vitrina donde se incluían las tortugas de Lo Hueco. Al fondo, el paleontólogo japonés Masateru Shibata.

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Los dinosaurios y los repelentes niños Vicentes

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Reconstrucción en vida de Iguanodon bernissartensis según Dollo. Cortesía del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

 

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

En abril de 1994 la CEAPA (Confederación de Asociaciones de Padres de Alumnos) “expresó ayer a través de un comunicado su indignación por la ‘utilización intolerable’ de un niño en el programa ¿Qué apostamos?, que presentan Ana Obregón y Ramón García en Televisión Española. El hecho denunciado por la CEAPA se produjo en la emisión del pasado 21 de abril cuando un niño de ocho años ganó más de tres millones de pesetas con sus conocimientos sobre dinosaurios (…) CEAPA considera `intolerable’ que TVE tenga que recurrir a estrategias, que en su opinión, vulneran los derechos de la infancia, para ganar audiencia.” (El País).

No voy a comentar la reacción de la CEAPA, seguro que habrá opiniones para todos los gustos, pero lo que es indudable es la capacidad infantil para interesarse y retener complicados nombres de dinosaurios. También recuerdan especialmente qué comían y su tamaño. Alguien ha dicho que este tema es un excelente tour de force para el desarrollo inicial de sus intelectos. Con él, un niño supuestamente descubre los placeres de la erudición, consiguiendo el asombro y el respeto de sus mayores. Es posible, pero sospecho que el asunto no se queda aquí, aunque no tengo posibles explicaciones adicionales (fuera de la fascinación dinomaníaca, claro). Desde luego, el niño prodigio dinosauriero de ¿Qué apostamos? fue muy comentado en la época, pero ha desaparecido sin dejar rastro (¿alguno de los lectores sabe algo de él?).

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Detalle de la reconstrucción en vida de Iguanodon bernissartensis según Dollo. Cortesía del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

En cualquier caso, los repelentes dinosaurieros son un producto sociocultural en España desde, al menos 30 años antes del caso comentado. ¿Qué por qué lo sé? Yo era uno de ellos. A los 12 – 14 años era un fanático de los dinosaurios. Os podéis imaginar que el ambiente intelectual de la España de la época era bastante pobre, y no digamos en cosas raras como la paleontología. Era una España jurásica en la que, paradójicamente, no existía información sobre los dinosaurios. Yo vivía en Soria y siempre me quedaba la posibilidad de ir a Madrid y visitar el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Mis recuerdos de la sala de Paleontología se centran en el impresionante esqueleto de Dippy, pero también en una pequeña maqueta que para mí representaba la quintaesencia dinosauriana. Reconstruye fielmente la hipótesis de Dollo sobre el aspecto en vida de Iguanodon bernissartensis. En una ocasión, admirando esta maqueta, pasó por allí uno de los bedeles. Me debió de ver tan embelesado con el bisho que me preguntó algo parecido a “¿Qué, chaval, te gusta el tiranosaurio?” Yo no me lo podía creer y me atreví a contestarle algo así como: “perdone señor, pero esto no es un tiranosaurio, es un Iguanodon”.  No recuerdo las palabras del aquel buen señor, pero sí que estaba muy irritado porque “¡qué sabría un macaco como yo!”. En fin, niños Vicentes dinosaurieros los ha habido, existen actualmente y espero que nunca se extingan.

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Y el ganador es…

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

Transcurrido el plazo para recibir respuestas a nuestro concurso, nos complace anunciar como ganador a Mario, el primero en acertar con precisión los nombres de todos los géneros propuestos:
1. Iberomesornis
2. Pelecanimimus
3. Montsechia
4. Delclosia
5. Plasticosaurio Spinosaurus

Nos pondremos en contacto con él para enviarle su premio. A todos los demás participantes, muchas gracias por vuestra colaboración y entusiasmo.

 

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Gran Concurso Las Hoyas 2015

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Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

Hace pocos días se iniciaron de nuevo las excavaciones en Las Hoyas (Cretácico Inferior, Serranía de Cuenca). Hace unos treinta años la Universidad Autónoma de Madrid, junto con otras instituciones españolas y extranjeras, comenzó a realizar campañas estivales por las que han pasado cientos de alumnos de biología y geología, además de innumerables colegas.

La investigación en Las Hoyas, actualmente dirigida por Ángela Delgado Buscalioni, está en su mejor momento. En los últimos años se han llevado a cabo numerosas aportaciones de todo tipo en nuestro conocimiento de los procesos que generaron el yacimiento, su ambiente, y su biota. Actualmente sabemos que los sedimentos de Las Hoyas proceden de un humedal compuesto por numerosos sub-ambientes acuáticos, con zonas emergidas. En este humedal habitaban dinosaurios no avianos, como Concavenator, Pelecanimimus y Mantellisaurus, y pequeñas aves que volaban casi tan bien como las actuales, como Iberomesornis, Concornis y Eoalulavis.

Para conmemorar estas tres décadas de trabajos en Las Hoyas, queremos invitaros a comprobar qué sabéis de él, respondiendo a las preguntas que planteamos junto a las cinco fotos reproducidas más abajo. Podéis darnos vuestras respuestas en forma de comentarios a este blog hasta las 00.00 horas del próximo jueves 23 de agosto.

El primero que las acierte todas, recibirá un ejemplar del recién aparecido libro Dinosaurios Maravillosos de Cuenca, edición española de la guía de la exposición de dinosaurios conquenses que ha visitados tres museos japoneses.

La semana próxima, publicaremos quién ha resultado ganador/a. Hasta entonces, y garantizando que todo es cierto (palabrita de John H. Ostrom), ¡suerte y a participar!

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1. ¿Sabes el nombre genérico de este “pajarito”?

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2. Es el cráneo de dinosaurio más completo hasta ahora hallado en España. ¿Conoces el género?

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Dentro de poco se va a publicar un estudio monográfico de esta planta, muy abundante entre los restos fósiles de Las Hoyas. ¿Sabes su nombre genérico?

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4. ¿Sabes el género de este camarón de Las Hoyas?

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Este terrible dinosaurio de goma no se ha encontrado en Las Hoyas, pero estuvo a punto de provocar una desgracia ¿De qué bicho hablamos? (Gracias por la foto, Ismael).

 

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Huanansaurus: solo uno más en la tierra de los ladrones de huevos

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Recreación artística de Huanansaurus. © Mr. Chuang Zhao

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED. @frco_ortega.

Mucho han cambiado las cosas desde que, en la década de los años 20 del siglo pasado, se acusó injustamente a los extraños oviraptorosaurios de robar los huevos de los abundantes Protoceratops en el Cretácico Superior de Mongolia. El error se manifestó al descubrirse que estos dinosaurios carnívoros aparecían frecuentemente asociados a nidos precisamente porque estaban protegiendo sus huevos y crías, una historia que ya constituye una de las anécdotas favoritas de cualquier aficionado infantil a los dinosaurios.

Y digo que mucho han cambiado las cosas porque, a pesar de lo extraños que son, la publicación hoy en Scientific Reports de Huanansaurus ganzhouensis no va a sorprender a nadie. Este nuevo oviraptorino del Cretácico Superior (pongamos unos 75 millones de años), hallado en la  Formación Nanxiong en el sur de China, no destaca ni por sus caracteres anatómicos, ni por resultar un grupo raro en el registro asiático de esa edad.

Y eso que son raros los oviraptóridos, aunque ya sea bien conocido su hermoso aspecto emplumado. De hecho, recuerdo como uno de mis primeros ridículos paleontológicos la primera ocasión en que  sostuve en mi mano el cráneo de uno de estos animales. Fue en los años 90, en el despacho de Halszka Osmólska en la Academia Polaca de Ciencias en Varsovia. Alguien me mostró emocionado un curioso fósil y yo lo examiné con cara de saber lo que estaba viendo, mientras me preguntaba ¿qué demonios será esto? Estaba incompleto, algo deformado, y no parecía tener nada en su sitio. Como debí recordar en ese momento, algunos de los caracteres más típicos de estos animales se encuentran es su extraño cráneo: sin dientes, con el rostro muy corto y una elevada cresta por delante de los ojos. Pero no lo recordé y lo interpreté al revés durante un buen rato hasta que alguien, amablemente, me sacó del apuro sugiriendo que se trataba de uno de estos animales.

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Cráneo del ejemplar hallado de Huanansaururs. © Junchang Lu

Volviendo al recientemente descrito Huanansaurus, es un oviraptórido relativamente estándar encontrado en una región del sur de China (en las provincias de Guangdong y Jiangxi) especialmente biodiversa en estos animales, ya que nos había proporcionado otros cinco representantes del grupo de la misma antigüedad. Y entonces ¿por qué resulta llamativo? Pues porque Huanansaurus está más cercanamente emparentado con los oviraptóridos del norte de China y mongoles que con sus vecinos en el sur.

Esta situación revela un patrón reiterativo y que puede explicar la alta diversidad de estos animales: los oviraptóridos del sur de China son formas lejanamente emparentadas entre sí y presentan morfologías lo suficientemente dispares como para asegurarse que pueden explotar recursos diferentes del ecosistema y evitar la competencia entre ellos. En general, los miembros de distintos linajes de oviraptorosaurios parecen poder convivir en las mismas áreas geográficas especializándose en distintas estrategias de alimentación. Es posible que esta sea la razón del enorme éxito de estos bellísimos animales en Asia y América del Norte durante el Cretácico.

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(In)Dominus vobiscum

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Indominus rex, el monstruo gigante no-dinosaurio de Jurassic World (2015)

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

AVISO: CONTIENE SPOILERS

En las películas clásicas de dinosaurios como The Beast of 20.000 Fathoms (El monstruo de tiempos remotos, 1953), Gojira (Japón bajo el terror del  monstruo, 1954) o The Giant Behemoth (1959), los dinosaurios son tales porque los paleontólogos de la película dicen que lo son. Su aspecto, normalmente, no se corresponde con ningún dinosaurio conocido. De manera que, en realidad, son animales monstruosos que surgen del pasado remoto por algún proceso “natural” o por daños colaterales de algún experimento científico (como bombas atómicas). De todas formas, no existe un acto de voluntad de creación del monstruo (es decir, no tienen nada que ver con el mito de Frankenstein). En definitiva en estas viejas (y magníficas) películas los supuestos dinosaurios son representaciones de la violencia animal encarnada en un monstruo gigante.

Se dice que en las primeras reuniones de pre- producción de Parque jurásico (1993) el “Señor” Spielberg (Dominus vobiscum) exigió a sus colaboradores que los dinosaurios de su película deberían ser animales reales, no monstruos, como en los títulos clásicos. De esta manera  el tándem Crichton-Spielberg desarrolló una película que básicamente supone un compromiso con la Dinosaur Renaissance, el paradigma paleobiológico todavía vigente en el estudio de los dinosaurios. La reciente Jurassic World (2015) parecería romper con este planteamiento de la saga original, volviendo, en su criatura más emblemática (Indominus rex), al mito del monstruo. La justificación de tal planteamiento es divertida, ya que juega con un guiño al espectador. En el parque creen que los dinosaurios por sí solos ya no atraen a la gente, necesitan “algo más”. Esta propuesta de la ficción se extiende a la propia película y se dirige a la gente sentada en la sala de cine y a la que tiene que comprar su entrada.

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Los “velocirraptores” y su macho alfa al rescate de la dignidad de los dinosaurios.

Así, en Jurassic World el síndrome de Frankenstein aparece con mucha fuerza. La ingeniería genética ya no está el servicio de la reconstrucción de la vida en el pasado, sino que es una exigencia comercial del dueño del parque, que quiere el dinosaurio más grande, más feroz y más guay de todos los tiempos. Para ello se mezclan genomas que incluyen incluso una sepia y un toquecito de Concavenator. El resultado final no es un dinosaurio, sino un monstruo en el sentido más literal de la palabra, que mata por el placer de matar. Parecería que este planteamiento es una “traición” al espíritu de Parque Jurásico. Pero la película tiene un recurso final para volver a poner las cosas en su sitio, dentro de una magnífica batalla final entre los dinosaurios e Indominus. El triunfo de los primeros puede ser entendido como una alegoría que rechaza la interpretación clásica de los dinosaurios como monstruos. La naturaleza sigue siendo la única protagonista de Parque jurásico.

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