Conan Doyle, ranas y brontosaurios

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Cartel de la película muda The Lost World (“El mundo perdido”, 1925). Véanse las referencias a los tepuyes a los dos lados del cartel.

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

Durante siglos los fósiles fueron considerados como simples juegos de la naturaleza (ludus naturae). La “semilla” de un pez, en el agua, daría lugar a un pez vivo, mientras que en tierra produciría un fósil. Un dios omnipotente, que quería agradar a los hombres, había creado las flores en la naturaleza para solaz de los seres humanos. En el subsuelo, enterrados, la divinidad había generado otros objetos bellos y admirables que hoy día llamamos fósiles.
Desde finales del siglo XVII sabemos que los fósiles en realidad proceden de organismos vivos de nuestro pasado remoto. Algunos de los fósiles más comunes y más admirados, como los ammonites, pertenecían a animales que parecían haber desaparecido de la faz de la tierra. Pero claro, nadie podía asegurar que no viviesen todavía en algún lugar remoto de océanos o mares. El concepto de extinción pudo ser sustentado cuando se comprobó que animales muy visibles, como grandes mamíferos terrestres – por ejemplo mamuts o mastodontes – habían desaparecido de forma irreversible.

En la época en la que  Arthur Conan Doyle escribió The Lost World (1912) el área de terra incognita en la superficie del planeta se había reducido considerablemente. De manera que el padre de Sherlock Holmes probablemente tuvo que inspirarse – para situar a los dinosaurios de su mundo perdido – en un lugar que generase un aislamiento físico real y duradero.

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Monte Roraima, un tepuy situado entre las fronteras de Brasil, Venezuela y Guyana.

Se admite normalmente que dicha inspiración se basó en los tepuyes de Venezuela y Guyana. Se trata de mesetas especialmente escarpadas, cuyas cimas pueden llegar a situarse en los 3000 m de altura, con profundos acantilados circundantes de hasta un kilómetro. Están constituidos por cuarcitas muy antiguas, anteriores al Paleozoico. De manera que son estructuras geomorfológicas remanentes del Escudo Precámbrico de Guyana, un lugar a priori ideal para emplazar determinadas poblaciones de dinosaurios no avianos vivas desde el Mesozoico. La biota total de las cimas de los tepuyes – también llamados “islas del cielo” – se caracteriza por un conjunto de plantas y animales con elevada endemicidad. Este fenómeno se ha explicado tradicionalmente mediante la hipótesis del Mundo Perdido, que evidentemente se inspira y rinde homenaje a Conan Doyle. Sin embargo, las cimas de los tepuyes parecen no haber estado tan aisladas de las tierras bajas como se suponía. Cada vez existe una mayor evidencia sobre los tiempos de divergencia de las especies del ecosistema conocido como “Pantepuy” (suma de todas las mesetas), que se sitúan entre los 35-2 millones de años, mucho tiempo después de la formación de estas islas del cielo.

Recientemente se ha estudiado la historia macroevolutiva de las especies de un grupo de ranas arbóreas típicas habitantes de los tepuyes. Se trata del género Tepuihyla, cuyas especies presentan un bajo nivel de divergencia genética. Tan bajo que los investigadores creen que estas ranas han sido capaces de extenderse históricamente por el Pantepuy sin que los altos acantilados supusieran barreras infranqueables. Claro, que hay que tener en cuenta que una ranita no es comparable, en muchos aspectos, con un brontosaurio.

Referencias
P.E. Salerno, S.R. Ron, J.C. Señaris, F.J.M. Rojas-Runjaic, B.P. Noonan, D.C. Cannatella (2012) Ancient tepui summits harbor young rather than old lineages of endemic frogs. Evolution, 66: 3000–3013
P.E. Salerno, J.C. Señaris, F.J.M. Rojas-Runjaic, D.C. Cannatella (2015) Recent evolutionary history of Lost World endemics: Population genetics, species delimitation, and phylogeography of sky-island treefrogs. Molecular phylogenetics and evolution, 82: 314-323

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