Archivo por meses: Noviembre 2015

El viaje de Arlo ¿habría sido posible ese encuentro?

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© Disney-Pixar 2015

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED. @frco_ortega.

Un aspecto sorprendente en el conocimiento popular de los dinosaurios es la difícil implantación de la idea de que los humanos nunca convivieron con ellos (al menos con los no avianos). La gente sabe que existieron, incluso pueden conocer algunos detalles aislados (algunos sorprendentemente específicos), pero la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia que realiza la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología aún arrojaba este año que el 30 % de los españoles creía que los humanos convivieron con dinosaurios (¡30 %!)…

Entiendo que el discurso fantástico no ayuda demasiado a la divulgación de la ciencia en esto… y –qué demonios– tampoco es su obligación. Primero en la literatura y después en cine uno de los temas favoritos de la paleontología-ficción es generar situaciones en la que es posible la coincidencia en el tiempo de humanos y dinosaurios. Usurpando el papel de J. L. Sanz (que es quien ostenta la figura de autoridad en los aspectos cinéfilos de este blog), recordaremos que existen múltiples estrategias para la construcción de esta sincronía: una de las estrategias más comunes es la generación de “mundos perdidos”. El truco, sencillo y con múltiples variantes, pretende justificar que algunos dinosaurios no se hayan extinguido y permanezcan acantonados (vivos o en letargo) en cualquier lugar inaccesible: un tepuy en el Amazonas, el centro de la tierra, otro planeta… cualquier sitio poco transitado sirve.

Precisamente esta tarde se estrena el largometraje de animación El viaje de Arlo  (The Good Dinosaur en la versión original) producido por Pixar Animation Studios y distribuido por Walt Disney Pictures. En la película un joven apatosaurio (un saurópodo jurásico) se embarca en una aventura con un joven homínido (no sé bien si prehistórico o una especie de “buen salvaje”) en un mundo en el que ambos coexisten. La estrategia para la coexistencia en este caso implica que los distintos grupos de dinosaurios no se extinguieron en los lejanos tiempos de final del Cretácico (porque el meteorito pasó de largo) y continuaron su “evolución” (presentada aquí como un proceso de adquisición de roles para-humanos, pero sin la pérdida de su forma dinosauriana). Sorprendentemente, esto no impidió que algunos mamíferos alcanzasen altas cotas de  hominización y se produjese el encuentro.

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© Disney-Pixar 2015

Debo confesar que no me interesa demasiado la autopsia dinofriki de esta película (me imagino a un tirador de esgrima intentando comentar lances de uno de los capítulos de Dartacan y los Mosqueperros). De hecho, el argumento para la coexistencia es relativamente novedoso, pero bastante chapucero: sin la extinción de los linajes de dinosaurios, en un escenario completamente distinto, la idea de que la historia evolutiva de los mamíferos fuese similar a la que conocemos hace aguas por todos lados. Incluso, yendo al detalle, un apatosaurio como el protagonista ya llevaba más de 60 millones de años extinguido a finales del Cretácico.

La adquisición de roles cercanos a lo humano en grupos de dinosaurios y su convivencia con nosotros no es nueva y podemos encontrar ya algunas referencias de culto, como la Dinotopia de James Gurney. La estrategia de utilizar animales humanizados para analizar comportamientos humanos utiliza la figura literaria de la prosopopeya y pretende hablar más de nosotros mismos que de los animales. Estos (los dinosaurios en este caso) se usan como vehículo que llega a cubrir al argumento con un cierto tufillo de autosatisfacción: si les hubiésemos dado tiempo, los dinosaurios hubiesen acabado haciendo cosas semejantes a las que nosotros hacemos…., no en vano somos la cúspide de la evolución.

Pero, aunque estoy seguro de que la película no lo pretende, ninguna ocasión es del todo mala para manejar algunos conceptos paleontológicos básicos que tocan tangencialmente a Arlo y sus colegas.

La primera idea es que efectivamente los dinosaurios nunca se extinguieron del todo; sabemos que las aves son un grupo de dinosaurios que sobrevivió al Cretácico y han llegado hasta nuestros días. Coexistimos por tanto con unas 10.000 especies de dinosaurios. Y los que sí se extinguieron, los no avianos, no desaparecieron todos a la vez a finales del Cretácico. En el momento de la famosa extinción de hace 66 millones de años, animales famosos como Apatosaurus o Stegosaurus llevaban ya 80 millones de años extinguidos.

El otro concepto básico es que la crisis de diversidad de finales del Cretácico es la que permite la evolución hacia especies muy diversas de los mamíferos tal y como la conocemos. La  “fiesta de las oportunidades ecológicas” que se produce después de la desaparición de los dinosaurios no avianos es la que permite que nuestro grupo zoológico radie y, que en algún momento, millones de años después, exista un nicho ocupable por unos bichos como somos nosotros. Sin la crisis cretácica, la probabilidad de que esto hubiese ocurrido es realmente baja.

El resto de la película es pura ficción en animación 3D, por cierto, magníficamente ejecutada. Yo he aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid para contarles un par de cosas, pero si les gusta la animación, no se preocupen por el rigor científico de esta película. Únicamente, siéntense y disfruten.

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Conan Doyle, ranas y brontosaurios

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Cartel de la película muda The Lost World (“El mundo perdido”, 1925). Véanse las referencias a los tepuyes a los dos lados del cartel.

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM.

Durante siglos los fósiles fueron considerados como simples juegos de la naturaleza (ludus naturae). La “semilla” de un pez, en el agua, daría lugar a un pez vivo, mientras que en tierra produciría un fósil. Un dios omnipotente, que quería agradar a los hombres, había creado las flores en la naturaleza para solaz de los seres humanos. En el subsuelo, enterrados, la divinidad había generado otros objetos bellos y admirables que hoy día llamamos fósiles.
Desde finales del siglo XVII sabemos que los fósiles en realidad proceden de organismos vivos de nuestro pasado remoto. Algunos de los fósiles más comunes y más admirados, como los ammonites, pertenecían a animales que parecían haber desaparecido de la faz de la tierra. Pero claro, nadie podía asegurar que no viviesen todavía en algún lugar remoto de océanos o mares. El concepto de extinción pudo ser sustentado cuando se comprobó que animales muy visibles, como grandes mamíferos terrestres – por ejemplo mamuts o mastodontes – habían desaparecido de forma irreversible.

En la época en la que  Arthur Conan Doyle escribió The Lost World (1912) el área de terra incognita en la superficie del planeta se había reducido considerablemente. De manera que el padre de Sherlock Holmes probablemente tuvo que inspirarse – para situar a los dinosaurios de su mundo perdido – en un lugar que generase un aislamiento físico real y duradero.

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Monte Roraima, un tepuy situado entre las fronteras de Brasil, Venezuela y Guyana.

Se admite normalmente que dicha inspiración se basó en los tepuyes de Venezuela y Guyana. Se trata de mesetas especialmente escarpadas, cuyas cimas pueden llegar a situarse en los 3000 m de altura, con profundos acantilados circundantes de hasta un kilómetro. Están constituidos por cuarcitas muy antiguas, anteriores al Paleozoico. De manera que son estructuras geomorfológicas remanentes del Escudo Precámbrico de Guyana, un lugar a priori ideal para emplazar determinadas poblaciones de dinosaurios no avianos vivas desde el Mesozoico. La biota total de las cimas de los tepuyes – también llamados “islas del cielo” – se caracteriza por un conjunto de plantas y animales con elevada endemicidad. Este fenómeno se ha explicado tradicionalmente mediante la hipótesis del Mundo Perdido, que evidentemente se inspira y rinde homenaje a Conan Doyle. Sin embargo, las cimas de los tepuyes parecen no haber estado tan aisladas de las tierras bajas como se suponía. Cada vez existe una mayor evidencia sobre los tiempos de divergencia de las especies del ecosistema conocido como “Pantepuy” (suma de todas las mesetas), que se sitúan entre los 35-2 millones de años, mucho tiempo después de la formación de estas islas del cielo.

Recientemente se ha estudiado la historia macroevolutiva de las especies de un grupo de ranas arbóreas típicas habitantes de los tepuyes. Se trata del género Tepuihyla, cuyas especies presentan un bajo nivel de divergencia genética. Tan bajo que los investigadores creen que estas ranas han sido capaces de extenderse históricamente por el Pantepuy sin que los altos acantilados supusieran barreras infranqueables. Claro, que hay que tener en cuenta que una ranita no es comparable, en muchos aspectos, con un brontosaurio.

Referencias
P.E. Salerno, S.R. Ron, J.C. Señaris, F.J.M. Rojas-Runjaic, B.P. Noonan, D.C. Cannatella (2012) Ancient tepui summits harbor young rather than old lineages of endemic frogs. Evolution, 66: 3000–3013
P.E. Salerno, J.C. Señaris, F.J.M. Rojas-Runjaic, D.C. Cannatella (2015) Recent evolutionary history of Lost World endemics: Population genetics, species delimitation, and phylogeography of sky-island treefrogs. Molecular phylogenetics and evolution, 82: 314-323

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