A vueltas con la temperatura de los dinosaurios

 

 

WBLarge Titanosaur clutch Cleaned

Puesta fosilizada de huevos. © Luis Chiappe

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED. @frco_ortega.

Las aves, como los mamíferos, han sido tradicionalmente considerados animales de “sangre caliente”, a pesar de que este es un concepto resbaladizo, del que es difícil salir de forma sencilla y para cuya discusión me remitiré a una entrada previa del blog. Únicamente, y simplificando, vamos a considerar que aves y mamíferos son endotérmicos, es decir, capaces de mantener su temperatura corporal estable, e incluso por encima de la ambiental, regulándola con su metabolismo.

Hoy sabemos que existen muchas formas de regular la temperatura corporal (por eso dividir a los animales en “de sangre fría” y “de sangre caliente” resulta una simplificación excesiva). También que las aves adquirieron esa capacidad de forma independiente a los mamíferos, aunque no se ha definido con claridad en qué momento. Eso lleva a pensar que pudieron existir dinosaurios no avianos de sangre caliente y ha originado una de las grandes controversias sin resolver de los últimos años: cuándo aparece la endotermia en el linaje de las aves, qué dinosaurios pudieron ser endotérmicos (como sus representantes vivos), cuáles son ectotérmicos (como sus parientes lejanos, los cocodrilos o los lagartos) y que mecanismos de termorregulación se presentan en dinosaurios extintos.

La discusión no es trivial ya que el mecanismo de termorregulación es importante para inferir datos sobre la forma de vida y distribución de los dinosaurios que nos ayuden a entender su biología.

En el caso más sencillo, partiremos de la base de que los antepasados de los dinosaurios (y puede que alguna de las formas basales del linaje) son de “sangre fría” y que, en algún momento, un grupo adquirió la capacidad de termorregular y la transmitió a todos sus descendientes. La forma de trabajar con esta hipótesis es medir la temperatura corporal de los dinosaurios hasta encontrar el punto en el que se produce el cambio. De entrada parece complicado, pero con el tiempo se han desarrollado varias estrategias, y cada vez más precisas, de “ponerle un termómetro” al organismo vivo que dio lugar a un fósil.

Así, podrían ser endotérmicos aquellos animales que se interpretan como especialmente activos, cuyos análisis biomecánicos y cálculos de velocidad indican aparatos locomotores muy costosos en términos energéticos, que presentan altas tasas metabólicas con altas las tasas de crecimiento, que aparecen distribuidos en altas latitudes o que presentan una frecuencia en los ecosistemas más propias de animales de sangre caliente.

Aunque todos estos argumentos están siendo últimamente eclipsados por pruebas más directas: podemos medir la temperatura a la que se formó un resto orgánico analizando su composición química. Concretamente, las proporciones de isótopos de los elementos que lo componen, porque esas porporciones varían según las condiciones ambientales del momento en que se formó el resto.

WBTitanosaur egg on surface 2

Fósil de huevo de titanosaurio. © Gerald Grellet-Tinner.

En este sentido, la revista Nature Communications publica esta semana un estudio en el que le ponen este termómetro a varios dinosaurios del Cretácico Superior con resultados, cuando menos, sorprendentes. La estrategia es sencilla: los autores asumen que la composición isotópica del carbonato de la cáscara de los huevos de los dinosaurios responde a la temperatura a la que se formaron en el oviducto de la hembra. Estudiando un mismo valor en restos de Argentina, Mongolia, Francia y España, los autores llegan a la conclusión de que, al menos, los huevos de saurópodos titanosaurios argentinos se produjeron en un oviducto a unos 37,6 grados, mientras que los de terópodos oviraptóridos de Mongolia lo hicieron a unos 31,9 grados.
Estos resultados son relativamente sorprendentes. Inicialmente refuerzan la idea de que los dinosaurios eran capaces de mantener temperaturas por encima de las ambientales y por lo tanto manejar algún tipo de endotermia. Sin embargo, en contra de lo que sería inicialmente previsible, los dinosaurios más cercanos a las aves (y mejores candidatos a tener la misma termoregulación), los oviraptóridos, no alcanzan los márgenes de temperatura de las aves modernas (entre 36 y 43 grados), ya que obtienen valores muy por encima de la temperatura ambiental, pero más bajos que los obtenidos por los grandes saurópodos (en principio candidatos a la “sangre fría” y parientes mucho más lejanos de las aves).

En principio habría que tomar estos datos (aún escasos) con cautela y esperar a tener más mediciones que resulten representativas, pero con estos resultados se refuerzan algunas ideas previamente formuladas: que los mecanismos de regulación de la temperatura en los dinosaurios eran mucho más complejos que el clásico “sangre fría”/”sangre caliente”, que los grandes saurópodos eran capaces de mantener una alta temperatura corporal probablemente utilizando su enorme volumen corporal para retener el calor (gigantotermia u homeotermia inercial)
y que la endotermia de las aves puede no estar extendida entre los dinosaurios carnívoros, aunque estos tendrían también mecanismos para mantener su temperatura por encima de la ambiental (quizás procesos de mesotermia aún no bien definidos).

De todas formas, lo que está claro es que aún es pronto para asegurar nada: la historia de la termorregulación dinosauriana parece muy compleja y la toma de la temperatura de los dinosaurios no ha hecho más que empezar.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


1 + ocho =