Archivo por meses: Diciembre 2014

Lo que no imaginas de los dinosaurios soviéticos

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El paleontólogo soviético I. A. Efremov en Mongolia, en la década de 1940

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El paleontólogo soviético I. A. Efremov en Mongolia, en la década de 1940

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM

En 1941 el Comité Científico de la República Popular de Mongolia invitó al Instituto de  Paleontología de la Academia de Ciencias de la URSS a realizar una serie de campañas para la prospección, excavación y estudio de fósiles en el país centroasiático. En junio de ese año todo el proyecto se paró, cuando los alemanes atacaron la Unión Soviética. Al año siguiente de acabar la Segunda Guerra Mundial los científicos soviéticos y mongoles realizaron una primera campaña de exploración.

El líder de esta campaña, y las siguientes, fue Ivan Antonovich Efremov (1907-1972), una de las personalidades más interesantes de la paleontología del siglo XX, prestigioso científico y notable autor de relatos de ciencia ficción. De hecho, Efremov utilizó su experiencia en el Gobi para fundamentar algunas de sus creaciones literarias, basadas en la idea de que una poderosa civilización extraterrestre había extinguido a los dinosaurios.

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De izquierda a derecha: A. K. Rozhdestvensky, I. A. Efremov y E. A. Maleev en Mongolia, en la década de 1940

Los paleontólogos soviéticos recorrieron miles de km por medio de camiones pesados y vehículo todoterreno, y esta primera expedición constituyó un gran éxito. Fue hallada una cuenca con sedimentos del Cretácico Superior (Nemegt) que ha probado ser una de las áreas más importantes para nuestro conocimiento de los últimos dinosaurios del Mesozoico. En Nemegt se encontraron restos de diversos dinosaurios terópodos de gran tamaño. Fueron estudiados por Evgeny Alexandrovich Maleev (1915–1966), que publicó sus resultados en 1955.

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Tarbosaurus bataar, un tiranosáurido del Cretácico Superior de Asia

El paleontólogo soviético describió una nueva especie de tiranosaurio, que denominó Tyrannosaurus  bataar (este segundo término significa “héroe” en mongol). Además, Maleev propuso otro nuevo tiranosáurido, Tarbosaurus efremovi (dedicado al líder de las expediciones soviético-mongolas). Una década después, otro de los paleontólogos expedicionarios sugiere que los diferentes taxones de tiranosáuridos del Nemegt, publicados por Maleev, pertenecen a diferentes estadios de crecimiento de una única especie de terópodo. De esta forma, Anatoly Konstantinovich Rozhdestvensky (1920–1983) propone la nueva combinación Tarbosaurus bataar.
Una de las últimas propuestas filogéneticas de los tiranosáuridos sugiere que Tarbosaurus es un pariente cercano de Zhuchengtyrannus, también del Cretácico Superior de Asia. Ambos  taxones hermanos se relacionan estrechamente con Tyrannosaurus, y los tres con Lythronax, (Loewen et al, 2013). El nombre genérico de este  tiranosáurido de Utah (EE UU) no hace referencia a sus aficiones cerveceras, significa “rey del gore”.

REFERENCIAS
Loewen MA, Irmis RB, Sertich JJW, Currie PJ, Sampson SD (2013) Tyrant Dinosaur Evolution Tracks the Rise and Fall of Late Cretaceous Oceans. PLoS ONE 8(11): e79420. doi:10.1371/journal.pone.0079420
Sanz, J. L. (2007). Cazadores de dragones. Historia del descubrimiento e investigación de los dinosaurios. Editorial Ariel. Barcelona

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Feliz aniversario, “Corretón”

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Recreación de Pelecanimimus incluida en su descripción de 1994.

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED.

Se acaba de presentar a los medios de comunicación el hallazgo y descripción del ornitomimosaurio mexicano Saltillomimus, y este hecho me ha recordado que se acaba de cumplir el 20 aniversario de la publicación del único ornitomimosaurio descubierto en la Península Ibérica, Pelecanimimus. No es una gran efeméride pero evoca lo reciente que es la descripción del primer terópodo no aviano basado en material español.

Los ornitomimosaurios eran aquellas criaturas que sorprendían con su estampida a los protagonistas de Parque Jurásico I. Estos dinosaurios terópodos, relativamente próximos a los grupos avianos, se caracterizan por sus marcadas adaptaciones para la carrera, hasta el punto de que Saltillomimus casi resulta una versión mesozoica de Speedy González.

Pelecanimimus nos enseñó muchas cosas acerca de los ornitomimosaurios. Para empezar, marcó la primera evidencia de los mismos en Europa y en niveles tan antiguos como el Barremiense (hace 130 millones de años). Nos mostró que, en sus comienzos, estos animales tenían dientes (una característica general del grupo es presentar un pico como el de las aves). Pero, además, también puso de manifiesto lo testarudos podemos ser los paleontólogos.

El conquense Armando Díaz Romeral encontró los primeros restos de Pelecanimimus en 1993, en una escombrera acumulada por una excavadora en el área del yacimiento de Las Hoyas. Era un fósil fantástico que contenía buena parte de la mitad anterior del esqueleto del animal, pero también resultaba evidente que la excavadora había dispersado parte de los restos: inicialmente no había cráneo, faltaban parte de los brazos, y la mitad posterior del animal. La escombrera era gigantesca y no se podía saber si aún quedaba allí algún fragmento más de Pelecanimimus, pero… ¿ni siquiera íbamos a intentar comprobarlo? Por supuesto que sí. Durante los siguientes cinco años una parte de los recursos voluntarios de la excavación se destinó a revisar sistemáticamente todas y cada una de las piedras de la escombrera.

WBPelecanimimus montadoAl año siguiente apareció por fin el cráneo, se produjo la publicación del nombre de la especie en la revista Nature y, poco a poco, todos los elementos de la parte anterior del esqueleto fueron surgiendo para completar el puzzle. También se identificaron las evidencias de que probablemente no había más: la erosión parecía haber encontrado la parte posterior de Pelecanimimus antes que nosotros.

Durante esos cinco años el muestreo de aquella escombrera facilitó una ingente colección de material (por ejemplo el ave primitiva Eoalulavis, también publicada en la revista Nature, fue uno de los muchos “beneficios colaterales” de aquella búsqueda).

El brillo de los focos tiende a disiparse y ya casi nadie recuerda que, hasta su bautizo definitivo, Pelecanimimus tomó prestado de la película El cristal oscuro el apodo de “Corretón”.  Este ejemplar complementó el magnífico registro de aves que se conocía en el yacimiento de Las Hoyas desde los 80 y mantuvo durante mucho tiempo el título de terópodo no aviano más completo y único cráneo de estos animales en la península. Hoy, parte de esos títulos recaen en su paisano Concavenator y, además, Pelecanimimus ya no está solo: cientos de restos del yacimiento de Angeac-Charente, en el distrito francés de Angulema le acompañan en la representación de los ornitomimosaurios europeos.

Es cierto que la gloria es efímera, pero seamos justos y celebremos como se merece la segunda década del primer dinosaurio terópodo denominado a partir de registro español.

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