Archivo por meses: octubre 2014

Deinocheirus, final feliz para un dinosaurio por entregas

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© Michael Skrepnick

 

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED.

La revista Nature nos pone hoy sobre la mesa una revisión de Deinocheirus, uno de los bichos más peculiares que se conocen en la historia de la dinosauriología. Para ponernos en situación, diremos que se trata de un carnívoro gigante tránsfuga hacía la herbivoría, dotado de una vela en el dorso semejante a la de Spinosaurus y con unas enormes manos provistas de uñas de hasta 30 cm… ¿Se puede ser más rarito? Pues sí, el descubrimiento de Deinocheirus nos traslada a la más pura y cinematográfica épica paleontológica.

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Expedición de 1965. © Academia de Ciencias Polaca

Su historia comienza en las expediciones conjuntas polaco-mongolas al desierto del Gobi realizadas entre 1963 y 1971. La expedición de 1965 fue una de las más numerosas en términos de participantes y, probablemente animados por los hallazgos anteriores de dinosaurios tan relevantes como Tarbosaurus o Galliminus, estaba mejor dotada que las anteriores. La líder de la expedición, Zofia Kielan-Jaworowska, cuenta en su libro Hunting for dinosaurs cómo una mañana lluviosa se acercaron al yacimiento de Altan Ula III en el que se encontraban extrayendo un esqueleto de Tarbosaurus. Llovía y, dado que no se podía trabajar sobre los fósiles, decidieron echar un vistazo a la parte sur del afloramiento. De repente, allí, sobre la arena, se encontró con los primeros restos del brazo de Deinocheirus. De vuelta al campamento, Kielan-Jaworowska cuenta que durante la cena nadie quiso creer su historia: “¿Unas garras de 30 cm?” No podía existir un animal como el que estaba describiendo. Y no les faltaba razón, no existía… hasta entonces.

A la mañana siguiente un grupo viajó a Altan Ula III y comenzaron la excavación. En este grupo, además de la propia Zofia, estaban Halszka Osmólska, coautora de la descripción de Deinocheirus, y Rinchen Barsbold, coautor del trabajo publicado ahora. Al acabar la excavación tan sólo habían podido recuperar el esqueleto de las extremidades anteriores del animal, es decir, los brazos y las manos, la cintura pectoral y fragmentos de costillas y vértebras. En total cada brazo, dotado de las formidables garras que Kielan-Jaworowska había descrito a sus compañeros, tenía una longitud de 2,4 m.

Osmólska y Roniewicz llamaron a este sorprendente dinosaurio Deinocheirus mirificus (“mano terrible de aspecto peculiar”) pero la anatomía del animal al que pertenecían estos extraños brazos ha permanecido desconocida durante décadas. Durante mucho tiempo, los restos de Deinocheirus lograron sortear a las cada vez más frecuentes expediciones paleontológicas al Desierto del Gobi, convirtiéndose en una leyenda.

No es que la historia de Deinocheirus haya estado parada durante estos años: se ha debatido sobre sus relaciones con otros grupos de dinosaurios (¿es  un ornitomimosaurio o un terizinosaurio?) e incluso es fácil encontrar en la literatura y en internet reconstrucciones de su aspecto en vida (supongo que algunos autores desearían que el esqueleto no hubiese aparecido nunca).

Pero el vuelco en esta historia se produce durante la septuagésimo tercera reunión de la Sociedad de Paleontología de Vertebrados (SVP) celebrada en Los Angeles en 2013. Precedido por múltiples rumores, todo el mundo sabía ya que las expediciones conjuntas coreano-mongolas habían conseguido encontrar un cuerpo (al final fueron dos) para Deinocheirus. Básicamente, Yuong-Nam Lee presentó el esbozo de lo que ahora se publica en Nature. El cuerpo de Deinocheirus era el de un ornitomimosaurio gigante, con una enorme vela formada por las espinas neurales de las vértebras. Lamentablemente, Lee no podía mostrar el cráneo del ejemplar. Como en el argumento de una película de Indiana Jones,  Lee comentaba que los ejemplares ya habían sido intervenidos por expoliadores antes de que ellos los encontraran, y que el cráneo y otros elementos parecían haber sido robados antes de su llegada.  Tan solo eso matizó un poco la cerrada ovación del público en la sala (recuerden que, generalmente, a los paleontólogos les encantan “estas historias de fósiles”). “Cada ejemplar que conseguimos encontrar antes que los expoliadores es una victoria para nosotros”, declaró entonces solemnemente Philip Currie, involucrado desde hace décadas en el estudio de los fósiles de Mongolia y coautor también del artículo de hoy.

Y creíamos que todo había terminado ahí, pero nada más lejos de la realidad. El guión cinematográfico continuó transitando entre Indiana Jones y el Halcón Maltés. Así, recientemente, François Escuillié, un marchante de fósiles francés reconoció un extraño cráneo en una colección privada de fósiles. Estaba ante el cráneo de Deinocheirus que había sido robado del esqueleto de la expedición coreano-mongola de 2006. A partir de aquí, el circulo comienza a hacerse virtuoso: el empresario, puesto en contacto con Pascal Godefroit, otro de los firmantes de artículo que publica Nature, adquiere el ejemplar y lo dona al Real Museo Belga de Ciencias Naturales en Bruselas. Poco después, en Mayo de 2014, el museo decide entregárselo al Gobierno de Mongolia para reunirlo con el resto del esqueleto.

Llegados a este punto, la descripción completa del, ahora bien conocido, ornitomimosaurio gigante Deinocheirus que nos ofrece Nature parece la parte más común de la historia. Bien está lo que acaba bien, aunque, a la vista del argumento cinamatográfico ¿dónde está Alex de la Iglesia cuando se le necesita?

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Breve histórico de la dinomanía (1)

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Copia de la reconstrucción de Iguanodon, tal y como fue propuesta por Owen y Waterhouse Hawkins a mediados del siglo XIX. Maqueta realizada por Javier Hernández.

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM

1. El origen de la dinomanía
El fenómeno sociocultural conocido como dinomanía comenzó en el Reino Unido a mediados del siglo XIX. Los estudios de dinosaurios de paleontólogos como Buckland, Mantell y Owen eran ya en aquella época relativamente populares. Por ello la corona británica decidió premiar el trabajo de estos naturalistas en la gran exposición del Crystal Palace de 1854. Las reconstrucciones de Iguanodon (como la de la imagen), Megalosaurus e Hylaeosaurus, concebidas por Owen y  realizadas por Waterhouse Hawkins impresionaron al público británico de la época. De manera que uno de los primeros impactos de los dinosaurios sobre la cultura popular es la sorpresa de que la Tierra, antes de la humanidad, estuvo habitada por monstruosos y extravagantes reptiles, muy diferentes de los que se conocían en la época, tanto actuales como del registro fósil. En esta época se genera una de las ideas más populares sobre los dinosaurios que todavía se mantiene en nuestros días: la existencia de una naturaleza desaparecida, alternativa a la contemporánea compuesta por “bestias” como elefantes, rinocerontes o jirafas.

Parece probable que esta idea sea la base original de la que parten otras dos. Por un lado, los dinosaurios considerados como símbolo de lo antiguo, obsoleto o caduco. Este concepto parece poco utilizado en la actualidad en los medios de comunicación de masas, aunque todavía se puede ver en periódicos o revistas alguna referencia en este sentido. Fue muy popular durante la segunda parte del siglo XX. Además, el concepto de una naturaleza desaparecida genera en la cultura popular la idea de la extinción de los dinosaurios, una instalación sociocultural clave para entender a tiranosaurios y diplodócidos en los medios de comunicación de masas.

2. “Bone Wars”
La primera fiebre de los dinosaurios (“Dinosaur Rush”) se produjo durante las dos últimas décadas del siglo XIX. Se trata de un episodio muy conocido en la historia de la paleontología de vertebrados: la famosa disputa entre los naturalistas norteamericanos Marsh y Cope. Este episodio, también conocido como las guerras de los huesos (“Bone Wars”), contiene aspectos obviamente negativos, y otros muy positivos, ya que por primera vez se tenía una idea bastante clara sobre diversidad básica de los dinosaurios. Este conocimiento se transmite a la cultura popular y se potenciará durante la segunda etapa que veremos en una próxima entrega.

Quizás lo más importante de esta primera fiebre de los dinosaurios es que la imagen de estos reptiles mesozoicos se instala en la cultura popular asociada a la epopeya nacional norteamericana, es decir, la conquista del Oeste. En este sentido parece bastante claro que la paleontología, y particularmente los dinosaurios, quedan asociados a la conciencia nacional norteamericana y a su cultura popular.

Texto y foto tomados de:
Sanz, J. L. (2014). Nuevas claves en el análisis sociocultural de los dinosaurios. En: Royo-Torres, R., Verdú, F. J. y Alcalá, L. coord. Jornadas de Paleontología de la Sociedad Española de Paleontología. ¡Fundamental! 24: 19-21.

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¿Quién es quién en una alita de pollo?

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Así se presenta una pata de dinosaurio bien fresca, según la campaña publicitaria de Bosch para su tecnología de congelación VitaFresh.

Por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED.

A estas alturas ya parece estar perfectamente asumido que cuando nos comemos un pollo nos estamos comiendo un dinosaurio. Sin embargo, ante un plato de alitas de pollo no somos tan conscientes de estar frente a uno de los principales argumentos de la resistencia al origen dinosauriano de las aves. En los brazos y las manos que estamos chuperreteando deberíamos identificar los huesos del brazo y de la mano de un dinosaurio carnívoro, pero rápidamente comprobaremos que no es tan fácil identificar casi nada ahí.

No siempre es sencillo encontrar semejanzas entre los elementos homólogos de los animales terrestres que nos rodean: compárese nuestro brazo con el de un caballo, una oveja o, más aún, con el de un delfín. Pero el caso de las aves es uno de los más extremos.

Quizá pensemos que la dificultad para reconocer cada elemento del ala del pollo se deba a nuestra falta de destreza como anatomistas, pero no es tan simple. En principio, atendiendo a la condición primitiva en los antepasados de las aves (léase el antecesor común de dinosaurios y cocodrilos), allí tendría que haber nueve huesos en la muñeca, cinco metacarpianos y las falanges de los cinco dedos. Sin embargo, a duras penas seremos capaces de identificar un par de huesos en la muñeca y una compleja estructura fusionada (el carpometacarpo) de la que surgen los vestigios de tres dedos.

Ponerse a reconocer a qué hueso corresponde cada uno de los elementos del ala de nuestro pollo parecería un divertimento para biólogos desocupados, pero no es así. De hecho, la dificultad para reconocer los huesos de la mano de las aves ha hecho correr ríos de tinta en los mentideros especializados en los últimos años y ha sido utilizada tanto a favor como en contra de la hipótesis que defiende el origen dinosauriano de las aves.

Hay varias estrategias para saber qué tienen en común las estructuras anatómicas de organismos distintos. La primera es compararlas directamente: si dos elementos están en el mismo sitio y mantienen la misma relación con el resto, deben ser la misma cosa. Pero ¿qué pasa cuando no es tan evidente? Incluso, ¿qué pasa cuando lo evidente nos engaña?. En ese caso debemos recurrir a rastrear el origen de estas estructuras, ya sea en la historia evolutiva del grupo (revisar cómo son sus antepasados) o en su ontogenia (revisar el desarrollo de los individuos desde que son embriones).

En la mano de las aves podemos reconocer tres dedos. La paleontología, defiende que la aves conservan los dedos pulgar, índice y corazón (los dedos I, II y III en terminología anatómica estándar), basándose en la tendencia de los dinosaurios a la perder los dedos anular (IV) y meñique (V). Sin embargo, los biólogos del desarrollo han mantenido tradicionalmente que los dedos de las aves son índice, corazón y anular (los dedos II, III, IV) atendiendo al patrón de desarrollo de los dedos en el embrión… Aquí hay algo que no cuadra. Si el desarrollo no nos engaña, las aves modernas no habrían heredado sus manos de dinosaurios terópodos, dado que construirían sus dedos de forma completamente distinta.

Por otra parte, los huesos de la muñeca también han sufrido está discusión. Las muñecas de las aves están altamente modificadas por un proceso que parece implicar la fusión y desaparición de huesos. La secuencia de este proceso se puede seguir tanto a través de la historia de sus antepasados dinosaurios, como del desarrollo de las aves modernas… y de nuevo no coincide. La biología del desarrollo nos mostraría un origen distinto para los huesos de la muñeca de las aves que la que se esperaría si estos derivasen de antepasado dinosaurios.
¿Qué está pasando aquí?. ¿Por qué el esqueleto de las aves nos muestra su origen dinosauriano y, sin embargo, las manos parecen negar la evidencia?.

Pues no era fácil, pero las cosas tienden a ir a su sitio lentamente. Algunos trabajos publicados en los últimos años sobre el desarrollo de los dedos de las aves indican que gran parte del problema estaba en nuestro conocimiento de los procesos implicados en el desarrollo. A medida que vamos entendiendo mejor estos procesos se ha hecho evidente que su regulación es mucho más compleja de lo que se consideraba. Como consecuencia, hemos aprendido que las dos hipótesis enfrentadas sobre la identidad de los dedos de las aves pueden no ser contradictorias y que los dedos que en el desarrollo comienzan siendo posicionalmente II-III-IV pueden terminar siendo I-II-III por un proceso de desplazamiento homeótico.
Ahora, gracias a un trabajo publicado recientemente por un grupo de investigadores chilenos, hemos conseguido cuadrar también las distintas hipótesis sobre el origen de los huesos de la muñeca de las aves. Combinando información paleontológica y de la biología del desarrollo se ha conseguido llegar a una solución salomónica: mientras la paleontología interpretaba bien que los huesos fusionados al carpometacarpo de las aves son los carpianos procedentes de sus antepasados dinosaurios, el desarrollo embrionario nos muestra el camino para entender el origen del resto de los huesos de la muñeca.

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Comparación de los distintos elementos de la muñeca entre especies de dinosaurio y pollo, en el estudio encabezado por João Francisco Botelho.

Todo tranquilo de nuevo, la mano de las aves sigue siendo la de un dinosaurio. Espero no haberos amargado el siguiente cubo de “Cretaceous fried dinosaur”.

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En el fondo del mar… (matarile-rile-rile)

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The Beast of Koba Bay (1961)

Por José Luis Sanz. Catedrático de Paleontología de la UAM

Mis héroes de comic favoritos vivieron (en su mundo bidimensional de papel, claro) allá por el “Pleistoceno”. Se trata de gente como el Capitán Trueno, El Cachorro, o el Guerrero del Antifaz, casi todos extintos en nuestros días. No obstante,  algunos de estos superhéroes todavía dan caña abundante a los malos, como es el caso de Batman. En 1961 Batman y Robin  viajan a la isla de Koba para tratar de atrapar un peligroso gánster. Descubren algo que helaría las venas a cualquiera, pero no al hombre-murciélago y su fiel compañero: una enorme bestia, un dinosaurio exactamente igual a un tiranosaurio o a un allosaurio “normales”, excepto por dos pequeños detalles. Primero, tiene una enorme cresta dorsal espinosa, como la de un pez. Segundo, su cola acaba de forma parecida a la de un atún o una caballa. Tercero (perdón, eran tres detalles), de sus brazos y piernas surgen agudas espinas.
Pero el monstruo de Koba tiene un ancestro evidente. También en 1961 se estrenó la peli británica Gorgo, dirigida por Eugène Lourié, un cineasta especializado en convencernos de que los dinosaurios eran marinos (otras películas de este director son El monstruo de tiempos remotos (1953) y Behemoth, the Sea Monster, 1959). Gorgo es un enorme dinosaurio bípedo que vive bajo las aguas de una isla ficticia en la costa irlandesa. Es capturado y expuesto al público en Londres. Gorgo carece de los atributos “peceros” de la bestia de Kobe, pero tiene orejas parecidas a las aletas pectorales de un salmonete.
Este meme (la idea de un dinosaurio descomunal, bípedo anfibio o “anfibípedo”), ha vuelto en varias ocasiones a la cultura popular (estoy seguro de que todos recordamos que Godzilla se ha paseado meditabundo por el fondo del mar en alguna ocasión). La característica principal de un anfibípedo es que es capaz de caminar en el fondo del mar, también sobre la tierra,  y tiene atributos de pez, sin duda para convencer rápidamente al espectador de que se trata de un dinosaurio acuático.

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Gorgo (1961)

En la reciente película Poseidón Rex (2013) un enorme terópodo, también con aleta dorsal y espinas en el antebrazo, deja unas huellas de impresión precisa en un fondo de mar profundo. Además, persigue velozmente a los buenos montados en un todo terreno. Las icnitas subacuáticas son perfectas, para sí las quisiera (para su patrimonio paleontológico, por supuesto), el Ayuntamiento de Cornago (La Rioja):

 
La imposibilidad biomecánica de existencia real de los anfibípedos  parece evidente  pero… ¿Y lo divertidos que son? Quisiera terminar este pequeño homenaje a estos dinosaurios de ficción con una pregunta. Es bien sabido que una característica del conocimiento científico es su capacidad de predicción. En términos paleontológicos y biomecánicos ¿sería posible, para un mismo terópodo, caminar opcionalmente en ambientes subaéreos y subacuáticos profundos? ¿Se puede argumentar que no sería posible tal cosa? ¿Alguien tiene alguna idea? ¿Eh?

 

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