Archivo por meses: agosto 2014

Los dinosaurios, la mala suerte y el arroyo del infierno.

dinosaurios

 

Por Francisco Ortega

Con toda la seguridad que nos permite la ciencia (es decir, hasta que la evidencia nos lleve la contraria), hoy por hoy podemos afirmar que los dinosaurios no avianos nos dejaron hace unos 66 millones de años coincidiendo con la caída de un gran meteorito cerca de la actual península de Yucatán ….

“Vaya notición” – pensaran algunos sarcásticamente. Bueno, acepto que no suena novedoso, pero no es tan trivial. Primero, por la cantidad de veces que los paleontólogos recibimos la pregunta, pero, sobre todo, porque se siguen publicando trabajos que revalúan las causas de esta extinción. En este sentido, un titular de prensa ampliamente difundido las ultimas semanas, dice que un estudio acaba de concluir que los dinosaurios se extinguieron debido a “una colosal mala suerte”.

Cualquiera pensaría que estos tipos no tenían nada mejor que hacer, pero la referencia al “Extinction: Bad Genes or Bad Luck?” de D.M. Raup parece indicar claramente que estamos a punto de replantearnos (otra vez) si la extinción dinosauriana se debió a algún tipo de pérdida progresiva de capacidad adaptativa o si, únicamente, no sobrevivieron a un mal día.

Para empezar, es sorprendente la fascinación que nos produce la extinción de los dinosaurios a pesar de que las ha habido mucho mayores en la historia del planeta. Parece que nos miramos en los dinosaurios como en un alter ego al que ya le cayó encima la espada de Damocles que vemos sobre nuestras cabezas. Y está claro que nos gusta creer que compartimos el papel de seres dominantes (un concepto muy difícil de formalizar). Por el momento, solo ellos pueden jactarse de un éxito evolutivo de 160 millones de años, mientras que nosotros debemos conformarnos con haber intentado entender el proceso y, por suerte, con estar aún esperando que lo nuestro tenga arreglo.

El caso es que, cuando pensamos que ya lo tenemos más o menos claro, alguien viene y le da otra vuelta de tuerca al asunto. Hace ya tiempo que contamos con una robusta evidencia que indica que un coctel de causas puede explicar de forma bastante satisfactoria la extinción de los dinosaurios.

Recordemos que este coctel considera que en los últimos momentos del Cretácico, los ecosistemas de la Tierra se vieron sometidos a profundos cambios climáticos, a variaciones en el nivel del mar, a una alta actividad volcánica y, justo en el último momento, al impacto de gran meteorito. Aunque la responsabilidad de cada uno de estos factores en la crisis nunca ha estado bien definida, la hipótesis más comúnmente aceptada asumía la participación de todos ellos en una causa múltiple, es decir, los primeros castigaron duramente la estructura de los ecosistemas cretácicos durante millones de años, y estos, diezmados, no pudieron sobreponerse al impacto de un gran meteorito.

El arroyo del infierno

La historia es verosímil, pero, a lo mejor les sorprendería conocer que está basada únicamente en la supuesta disminución de la diversidad de dinosaurios en una Formación geológica en América del Norte. Es cierto que la Formación “Arroyo del Infierno” (Hell Creek Formation) es un magnífico ejemplo, que contiene sedimentos de antes, durante y después del impacto del meteorito, que está llena de fósiles de dinosaurios y que está muy bien estudiada, pero asumir que todo el mundo debe funcionar como los últimos tres metros de Hell Creek resultaba, cuando menos, arriesgado. De hecho, los propios autores del trabajo recién publicado dicen que estos datos no parecían corresponder con lo observado en otros lugares (quizás menos estudiados) del planeta refiriéndose a un ejemplo que conocemos bien por aquí: la gran diversidad y riqueza de dinosaurios en los últimos momentos del Cretácico en la Cuenca de Tremp, en el Pirineo español.

El caso es que el incremento de información global sobre la diversidad de dinosaurios que se ha producido en los últimos años (véase la Paleobiology Database) ha permitido comprobar la representatividad de los datos aportados por la Formación Hell Creek, y, sorpresa, el Arroyo del Infierno nos engañaba: no se puede considerar que la diversidad de los dinosaurios estuviese en declive al final del Cretácico. ¿Qué quiere decir esto?, pues que, aunque los cambios planetarios cretáceos pudiesen haber afectado a la capacidad de recuperación de los ecosistemas con dinosaurios, su diversidad a finales del Cretácico no hacía presagiar un final inminente. Entiendo que la diferencia con la anterior hipótesis es sutil, pero esto transfiere al meteorito (por consiguiente a la mala suerte) la máxima responsabilidad en la extinción de los dinosaurios, de forma que no podemos presumir que esta se hubiese producido sin su concurso.

Si antes de empezar a leer esto, Vd ya pensaba que la mala suerte en forma de meteorito se había llevado por delante a los dinosaurios (no avianos) sepa que no estaba del todo de acuerdo con el consenso científico. Pero no se preocupe, Vd. si que es afortunado, mantenga esa idea y nunca habrá viajado a la ortodoxia con tan poco esfuerzo.

Referencia:
Brusatte, S.L. et al., 2014. The extinction of the dinosaurs.
Biological Reviews: http://doi.wiley.com/10.1111/brv.12128.

 

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El primer dinosaurio español, un maño

WB3.-Aragosaurus. Vértebras caudales

No se me ocurre nada mejor para estrenarme en un nuevo blog sobre dinosaurios que traer a la palestra al primer dinosaurio “Made in Spain”. Es bien sabido por los aficionados a la paleontología de dinosaurios que la primera especie de este gran linaje de reptiles fue publicada en el Reino Unido en 1824. Se trata del ya legendario Megalosaurus, un terópodo del Jurásico. En 1873 el ingeniero de minas J. Egozcue identificó a Megalosaurus en un diente aislado del Jurásico asturiano. Un año antes J. Vilanova y Piera, primer profesor de paleontología de la Universidad Central (Madrid), había publicado el hallazgo de restos fósiles de Iguanodon en tierras levantinas. Pasó medio siglo, y el geólogo castellonense J. Royo Gómez estudió los dinosaurios del Cretácico valenciano entre 1918-1927. Pasada la guerra civil, en la década de 1960, el paleontólogo francés A. F. de Lapparent publicó el hallazgo de restos de dinosaurios en diversas localidades de la Cordillera Ibérica.

Puede parecer mentira, pero este párrafo es un relato fiel del desarrollo histórico temprano de la dinosauriología española. Durante la década de 1970 los paleontólogos L. Casanovas y J. V. Santafé iniciaron el estudio de las icnitas de dinosaurios del registro español.

Pero el ingreso de la paleontología nacional en la publicación de nuevos dinosaurios iba a comenzar pocos años después en un pueblo turolense llamado Galve. Esta apacible localidad contaba con un notable aficionado a la paleontología, José María Herrero, que había encontrado gran cantidad de fósiles en los alrededores de su pueblo. Entre ellos, grandes huesos de dinosaurio en un lugar denominado Las Zabacheras. Durante la década de 1980, un equipo de paleontólogos  madrileños (Universidad Autónoma de Madrid) y catalanes (Instituto de Paleontología “Miquel Crusafont”, Sabadell) realizamos, junto con Herrero, la primera excavación sistemática en Galve. La excavación permitió contextualizar los fósiles  y encontrar más restos dinosaurianos.

Todos estábamos encantados con los restos de Las Zabacheras: ¡pertenecían a un nuevo dinosaurio, el primero que se describía originalmente en España! Hubo un acuerdo unánime en dedicarlo a Aragón. En 1987 se publicó finalmente el estudio de Aragosaurus. He tenido la suerte y el honor de participar tanto en el primer estudio como en el más reciente, publicado el mes pasado. Este trabajo ha sido liderado por Rafa Royo (Dinópolis) y en él han participado un geólogo de la Universidad Complutense de Madrid, Ramón Mas, y paleontólogos británicos.

Aragosaurus vivió en la época de transición entre el Jurásico y el Cretácico, hace unos 145 millones de años, en un delta con abundante vegetación. Se trata de un saurópodo de unas 20 toneladas  de peso  y 16-18 m de longitud. El último estudio realizado concluye que Aragosaurus presenta rasgos que indican su parentesco con los camarasaurios norteamericanos y era un ancestro de los famosos braquiosaurios de África y Norteamérica.

Imagen: Vértebras caudales del primer dinosaurio nombrado en España, Aragosaurus. Cortesía del Museo Municipal Paleontológico de Galve (Teruel)

Entrada publicada por José Luis Sanz, paleontólogo y descubridor de ocho nuevos géneros de dinosaurios.

 

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Un dino con piel de piedra

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Y no, no me refiero a la naturaleza los fósiles, si no a un grupo muy particular de dinosaurios saurópodos titanosaurios. Los titanosaurios pertenecen al mismo linaje que animales tan populares como Brachiosaurus o Diplodocus (ambos de finales del Jurásico, hace aproximadamente 148 millones de años), pero no irrumpen en el escenario dinosauriano hasta principios del Cretácico y no son diversos y abundantes hasta el Cretácico Superior.

A los titanosaurios les caben algunos honores en la clasificación de los records dinosaurianos, como el de ser los encargados de llevar en solitario el estandarte de los saurópodos hasta la crisis de biodiversidad de finales del Mesozoico, o el de incluir a algunos de los animales más grandes que hayan caminado sobre la superficie del planeta. Pero una de las características más llamativas de estos dinosaurios es que son los únicos saurópodos con una armadura dérmica compuesta por elementos óseos llamados osteodermos.

La presencia de osteodermos embebidos en la piel por debajo de las escamas córneas epidérmicas no es extraña en los tetrápodos. Existen ejemplos en animales muy alejados de los dinosaurios, como los armadillos, en parientes cercanos, como los cocodrilos, o incuso son frecuentes en dinosaurios ornitísquios (recuérdense las placas de los estegosaurios o los anquilosaurios), pero en absoluto son comunes entre los saurisquios (terópodos y saurópodos).

Aunque la existencia de saurópodos con armadura dérmica ya había sido sugerida por el paleontólogo francés Charles Depéret a finales del siglo XIX, el concepto resulta tan extraño que nadie lo tomó en serio hasta los primeros hallazgos indiscutibles en Argentina en la década de 1980. Esto es, hasta hace 30 años, hablar de saurópodos acorazados era casi tan pintoresco como hablar de terópodos con plumas. Con el tiempo, la evidencia se ha hecho incontestable, hasta el punto de que se ha acuñado el término Lithostrotia (literalmente del griego: “pavimentados” o “revestidos con piedras”) para denominar a los titanosaurios acorazados.

En los últimos años se ha multiplicado el hallazgo de restos de titanosaurios por todo el mundo, convirtiéndolos en uno de los grupos de dinosaurios más diversos, pero también uno de los más complicados de entender. A pesar de esto, o puede que por ello, las hipótesis sobre sus relaciones de parentesco no están bien establecidas y, prácticamente cada publicación de un nuevo titanosaurio (y es algo que ocurre varias veces al año) nos obliga a reinterpretar su evolución, las relaciones internas del grupo y su historia biogeográfica.

Hasta ahora se habrán recogido algunos (pocos) cientos de osteodermos de titanosaurios por todo el mundo. El registro más abundante corresponde a América del Sur, pero existe registro en Europa, África continental, Madagascar e India. Respecto a Europa, únicamente se conocen unas decenas (pocas) de osteodermos procedentes del Cretácico Superior de Francia, Rumania y España. Por alguna razón aún no bien entendida, el registro es tan parcial y fragmentario que resulta difícil de interpretar. Así, continuamos sin tener una idea clara de cómo era la armadura dérmica de estos animales y, como consecuencia, sobre cómo sería el aspecto de uno de estos saurópodos acorazados.

En este escenario ha irrumpido en los últimos años el yacimiento del Cretácico Superior de Lo Hueco, en la localidad conquense de Fuentes. El yacimiento ha proporcionado una abundante colección de restos de titanosaurios y, entre estos, un conjunto de unos veinte osteodermos. Parece poco, pero esta muestra ha duplicado el registro europeo conocido y nos ha permitido relacionar algunos osteodermos con los restos esqueléticos de un individuo concreto.

Los osteodermos de Lo Hueco nos enseñan que la mayor parte de los restos conocidos en Europa son variaciones de un único tipo: una estructura en forma de teja con planta triangular, que se denomina raíz, y un cuerpo engrosado en el que un surco delimita una superficie circular. El tamaño de estos huesos es variable, pero algunos sobrepasan largamente el medio metro de longitud. El registro de Lo Hueco nos muestra también que cada individuo podía tener distintos tipos de osteodermos.

Aplicando los métodos básicos de la inferencia en paleontología es posible proponer que algunos titanosaurios presentarían, al menos, dos filas de osteodermos sobre la espalda, a los lados de la columna vertebral. En estas filas existirían regiones con osteodermos cortos y masivos cubiertos por una placa cornea y otros alargados que muy probablemente soportarían una espina cornea (de forma y tamaño desconocido) dirigida posteriormente.

Y la pregunta clásica, ¿para qué quiere un gigante llevar un mosaico de huesos en la espalda?. No es sencillo de interpretar. Por una parte, las armaduras dérmicas se utilizan habitualmente como defensa frente al ataque de depredadores. Pero aunque esa función podría tener sentido en las fases tempranas del crecimiento de los titanosaurios, su eficacia es menos verosímil en individuos adultos de más de 20 metros de longitud. Por otra parte, se ha demostrado la existencia de procesos de removilización del hueso en algunos osteodermos de titanosaurios. Esto indicaría que, con independencia de su función defensiva, la armadura dérmica pudo servir como un almacén de sales de calcio que los animales serían capaces de utilizar en momentos de necesidad.
Sea como sea, gracias a Lo Hueco, hoy sabemos un poco más de los animales acorazados más grandes que jamás haya existido y podemos especular con su posible aspecto.

Artículo de referencia: Vidal D, Ortega F, Sanz JL (2014) Titanosaur Osteoderms from the Upper Cretaceous of Lo Hueco (Spain) and Their Implications on the Armor of Laurasian
Titanosaurs. PLoS ONE

Entrada publicada por Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva de la UNED.

 

 

 

 

 

 

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